Concierto Político
- 21 abr 2020
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Días extraños. No es la primera vez que parece que estemos metidos dentro de una película mezcla de terror con ciencia ficción.
La primera vez en la que me sentí dentro de una cinta con tales características fue cuando, frente a la TV, con asombro vi que se derrumbaron las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York. Varios años después me volví a sentir en otra película de terror y ciencia ficción cuando se declaró la existencia de la influenza, teniéndonos que aislar algunos días y paralizarse la actividad de todo el país.
No obstante, la actual pandemia del coronavirus ha resultado más devastadora que la de cualquier otra época pasada: ahora vivimos en una película de terror, ciencia ficción, drama, tragedia y hasta humor negro, todo junto, lo que a estas alturas ya nos ha hecho vivir los días más angustiantes y extraños de nuestra vida; en especial, por haber tenido la mala suerte de contar en estos momentos con un gobierno corrupto, incapaz, frívolo y perverso que no ha estado a la altura de las circunstancias.
Las dos mejores cintas que combinan magistralmente el terror con la ciencia ficción son Alien (Ridley Scot, 1978) y Depredador (John McTiernan, 1987), aunque a esta última se le puede añadir el género de la acción. Ambos filmes son ejemplos clásicos en los que la fusión de dos géneros cinematográficos dan como resultado auténticas obras maestras.
La diferencia es que en ambos filmes el peligro lo viven sólo grupos pequeños, de no más de diez, mientras que con el tema de la pandemia del coronavirus somos millones los que corremos peligro en la película real en la que jamás hubiéramos querido haber participado.
Al principio se pudo haber tomado todo como un ejercicio divertido que nos sacaba un poco de la rutina diaria; sin embargo, después de más de un mes de vivir aislados, sin tener mayor contacto con el resto de la gente y con la generación de una sicosis en la que ya se comienza a ver al mismo vecino con desconfianza, con temor y hasta con deseos de prenderle fuego a su casa, en el caso de que ahí haya habido un enfermo que murió por el coronavirus, hace que todo se convierta en una terrible pesadilla para muchas personas que no soportan el encierro y ya comienzan a alucinar.
Vivir estos días extraños es muy duro, pero sobre todo para los que están al día y que, al no poder salir a la calle a trabajar para sacar para mantener a la familia, los convierte en las principales víctimas de esta película de terror en la que estamos inmersos, pues de alguna manera –unos más, unos menos— nadie se escapa al influjo de una pandemia que nos vino a desquiciar y, sobre todo, a sacarnos de nuestra zona de confort.
Hay quienes, por su posición económica, no atraviesan por las dificultades que sí tienen que sufrir todos aquellos que se quedaron sin empleo o que tienen que atender pequeños negocios para subsistir. Pero el ocio prolongado es mala influencia entre algunos que, a falta de otra cosa por hacer, pueden caer en crisis que los hagan hacer cosas indebidas.
Es probable que no sean muchos los casos, pero de mentes enfermas –más aún por el obligado encierro— puede ser que salgan las versiones torcidas para difundir pánico entre la población, incluso incitando a la cacería de brujas ¡contra médicos y enfermeras!
Si de héroes sin capa podemos hablar en estos momentos, esos son los médicos y enfermaras que realizan su trabajo a pesar del riesgo que ello implica, por lo que es inhumano que haya gente (y hasta negocios, tipo Oxxos) capaz de atentar contra esos profesionistas que nos merecen todo nuestro respeto. El problema, empero, es que ese odio a lo desconocido –y no tan desconocido— es auspiciado por el propio gobierno federal que, al inicio de la actual crisis, se tomó el tema con humor, con sarcasmos, con vaciladas, chistes malos y actos criminales.
El gobierno de amlo nunca estuvo preparado para una tragedia así, pero lo peor es que ni siquiera tomaba en serio la crisis. Veamos: el inútil vejete invitaba a todo mundo a darse besos y abrazos, desdeñando el peligro mortal que significa la pandemia.
El senil anciano fue más allá: no sólo pedía que la gente saliera a la calle y a comer en restoranes y fondas (eso es en lo único que piensa ese sujeto: en tragar), sino que llegó al colmo de dar a conocer la fórmula para enfrentar al coronavirus: con estampitas milagrosas, tréboles de cuatro hojas y billetes de dos dólares (muy difíciles de encontrar, pues sólo se imprimieron cuando Estados Unidos cumplió los 200 años de su independencia en la década de los 70).
Mucha gente fanática le cree al pie de la letra a amlo, así sean las cosas más absurdas e increíbles; por tanto, no sería raro que algunos de esos fanáticos hayan muerto ya por hacer caso a las estúpidas recomendaciones que hacía desde su púlpito mañanero el viejo miserable. Lo malo fue que esos fanáticos, que todo le creían al tabasqueño depredador, murieron en vano. Sin embargo, eso no exime al viejón de ser responsable de todas esas muertes, algo por lo que tendrá que responder cuando todo esto haya pasado.
Los días extraños pasan muy lentamente, pero al contrario de otras épocas, hay mucha gente que hoy tiene la posibilidad de pasarla encerrada sin aburrirse o ser presa de alguna depresión.
Los adelantos tecnológicos nos ponen a la mano la oportunidad de ver filmes y series en casa, ya sea a través de plataformas como la de Netflix o por YouTube, con el que sólo se requiere contar con internet.
Y si no, siempre nos queda el recurso de los libros, que no por estar casi en desuso dejan de ser amigos entrañables en estos difíciles momentos.
No quiero dejar pasar la oportunidad para señalar que el subtítulo de esta columna de culto se inspira en la película Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995), que es una excelente combinación de ciencia ficción y acción, muy propia de esa talentosa directora a la que ninguna otra colega suya ha logrado igualar.




















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