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Concierto Político

  • 2 jul 2019
  • 4 min de lectura

Por Bibiano Moreno Montes de Oca

El ganso salvaje. Con todo y los desertores que se han ido quedando en el camino, a un año de su fatídico triunfo amlo tiene aún sus seguidores fanatizados que están cerrados a la realidad, a tal grado que si el tabasqueñito les dice que ladren, ellos ladran; si les dice que salten, ellos saltan; si les dice que vuelvan a ladrar, ellos vuelven a ladrar. Es tal su fanatismo que hasta parece que estamos en la época cristera, no a punto de entrar a los años 20 del siglo XXI.

Lo de la etapa cristera no es exageración: así como en la era posrevolucionaria los fanáticos salían a enfrentar al ejército mexicano sin ninguna protección, seguros de que las balas no les harían daño porque –decían— tenían a Cristo de su lado, los seguidores más ciegos de amlo están bien convencidos de que hace milagros. Bueno, no les faltaría razón: el macuspano ha logrado el gran milagro de unir a miles de mexicanos… pero en su contra, a un año de su triunfo en las urnas.

El fanatismo siempre se ha manifestado en diferentes momentos históricos y en distintos países, incluso en aquellos que se precian de cultos. Así, por ejemplo, está el caso de Alemania, donde Hitler cautivó a las masas con sus mensajes.

Sin embargo, por esta ocasión me quiero referir a un capítulo histórico que se dio al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando la famosa prisión de Spandau, en la ciudad de Berlín, albergó a siete famosos nazis que purgaron varias condenas por su participación en la citada conflagración mundial.

De los siete prisioneros de guerra nazis, recluidos en la citada cárcel de máxima seguridad, el más importante de todos era Rudolf Hess, el tercero en la línea de mando del Tercer Reich, apresado cuando viajó en una avioneta y aterrizó en un potrero inglés, mientras trataba de proponer un acuerdo para la paz. Nunca le dieron oportunidad de hablar ante Winston Churchill, por lo que se mantuvo preso, fue juzgado en Nuremberg y más tarde enviado a la cárcel de Spandau, junto con los otros seis nazis.

El encarcelamiento de los nazis fue motivo de preocupación desde el principio de las cuatro potencias que la dirigían, pues no faltarían los fanáticos neonazis que trataran de rescatarlos. Se creía que podrían ir por Rudolf Hess, por representar un símbolo vivo del nazismo, pero en realidad al que muchos seguían adorando era al líder de las juventudes hitlerianas, Baldur von Schirach, que hasta poemas le había dedicado a Hitler.

Era posible que a ese, no a Hess, los fanáticos intentaran ponerlo en libertad.

Del entonces relativamente joven prisionero de 42 años, que había sido líder de las juventudes hitlerianas, el escritor Irving Wallace dice lo siguiente en un viejo reportaje titulado Las siete celdas secretas, reproducido a mediados de la década de los 60 del siglo pasado en un libro suyo titulado El caballero de los domingos:

“Von Schirach –cuya casa tantas veces visitó Hitler— empleó muchas jornadas a través de los años visitando todos los pueblos y ciudades alemanas, inyectando a los jóvenes alemanes de cinco a diecinueve años, la fe en el partido (que sobrepasaba a la fe en Dios), en elDeutschland über Alles (lema del himno alemán: ´Alemania por encima de todo´), en la superioridad del ´ario´ puro alemán sobre los judíos y los pueblos mezclados de todo el mundo”.

Si cambiamos el nombre y trasladamos los hechos a nuestro país, parece que se estuviera hablando de amlo, que varias veces recorrió el país para inyectar entre su feligresía morenazi la fe en él y en Morena, que obviamente está por encima de la fe en Dios, cuya superioridad de su partido está sobre el PRIAN y el resto de los partidos existentes en México.

A los cuatro países que administraban la cárcel de Spandau no les faltaba razón para preocuparse de que la fanaticada intentara rescatar a alguno de los líderes nazis que estaban presos en esos momentos.

De hecho, se llegó a correr la versión de que un comando atacaría la prisión con dos helicópteros, de uno de los cuales saldrían los fanáticos que acabaría con los guardias que se les cruzaran en el camino, mientras que en el otro se llevarían a Rudolf Hess para ocultarlo en algún lugar secreto.

Sea cierta o no la versión del rescate, al menos en la ficción dio un argumento para realizar una segunda parte de la exitosa cinta bélica Los gansos salvajes, que justamente se refiere al rescate de Rudolf Hess de la prisión de máxima seguridad, donde al final de cuentas el líder nazi les echa un rollo pacifista a los que lo rescataron, regresando de nuevo a su celda.

No era que se tratara de un viejo loco y senil, sino simplemente que ya no estaba dispuesto a formar parte de aquellos que habían orillado al mundo a la Segunda Guerra.

El último prisionero en permanecer en Spaundau fue precisamente Hess, quien murió en la década de los 80 del siglo pasado, con lo que sobrevino la destrucción de la famosa cárcel.

En esa misma década, ya para terminarse, cayó también el muro de Berlín y se dio paso a una nueva era. El fanatismo había quedado atrás en una Alemania nuevamente unida. Pero el huevo de la serpiente se ha venido extendido por todos los rincones del mundo.

En México hay un sujeto mesiánico que cuenta con incondicionales que están dispuestos a todo por él; vamos, hasta a festejar por un año de atrocidades que se han vivido a lo largo y ancho de la geografía nacional.

Sí, aunque acarreados, hubo miles que tuvieron la cachaza de festejar un error –y un horror— cometido el año pasado, aunque un día antes la demanda de miles de voces era que amlo abandonara ese cargo que le quedó demasiado grande. El ganso salvaje trocó en ganso cansado.

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