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Concierto Político

  • 9 ene 2019
  • 3 min de lectura

Por Bibiano Moreno Montes de Oca

Cambio de casa. En el segundo piso de la esquina de las céntricas calles Morelos y De la Vega de la ciudad de Colima funcionó durante varios años la sede estatal del Partido Comunista Mexicano. Al lugar se entraba por De la Vega, donde se encontraban dos departamentos: uno de ellos albergaba las modestas oficinas de los comunistas colimenses, lugar al que acudí con mucha frecuencia por dos razones fundamentales: por mi simpatía hacia ese organismo político y por ser una fuente de información para el reportero que era de El Comentario.

Como muestra de las simpatías personales hacia el PCM, entonces salido de la clandestinidad, compraba alguno de los libros que producía el Fondo de Cultura Popular, la editorial de los comunistas mexicanos, a la que por mucho tiempo confundí con el Fondo de Cultura Económica (FCE), que es la editorial del Estado. En este sentido, hoy no habría mucha diferencia entre uno y otro organismo, pues al frente quedó Paco Ignacio La morsa gachupina Taibo II, el clásico rábano de la izmierda mexicana: rojo por fuera y blanco por dentro.

Estoy hablando de principios de los 80 del siglo pasado, la misma década en la que se terminó la guerra fría, se derrumbó el Muro de Berlín y literalmente desapareció del mapa la URSS (la madre patria de los izquierdistas de entonces), pero años después mi curiosidad me llevó a preguntarle al entonces dirigente estatal del PCM, Hebert Sánchez Polanco, sobre la forma en la que se había logrado convencer a la propietaria de esos departamentos (una respetable anciana) para que les rentara la oficina.

Al ser los tiempos en los que había gente que se espantaba de sólo escuchar la palabra comunista, no me podía imaginar a una anciana rentándoles un pequeño departamento a los que tendría como la encarnación misma del diablo, con todo y el símbolo de la hoz y el martillo. Años después, decía, le pregunté a Hebert:

—Oye, ¿y cómo le hicieron para convencer a la viejita que les rentara las oficinas que tenía el Partido Comunista?

—Al principio no le dijimos para qué queríamos el departamento.

—Pero tuvo que haberse enterado después –aduje.

—Sí, pero para entonces ella ya se había encariñado de nosotros, de manera que ya no nos corrió –dijo Hebert con una amplia sonrisa.

Traigo a cuento lo anterior porque desde hace unos días se dio un cambio de casa muy peculiar en Colima. En efecto: las oficinas que albergan la sede estatal de Morena (el partido que se dice heredero de la tradición de la izquierda en México, pero que en realidad está integrado por conservadores, por mochos, por reaccionarios, por rábanos, por populistas, etcétera, pero no –o muy poco— por la gente realmente con convicciones izquierdistas) cambió de domicilio.

Así, pues, de encontrarse la sede estatal de Morena en el piojo local de la calle 5 de Mayo #43, que semeja más una casa ejidal que sede de un partido político, sus directivos se mudaron al amplio, acogedor, confortable y de buen gusto local que se ubica por la calle Vicente Guerrero #570, en la zona centro de la ciudad, a la vuelta de la Calzada Galván Norte, donde se encuentra el CDE del PRI, su odiado rival, aunque cantera inagotable de cuadros morenazis.

No es para menos: después del fenómeno El Pulso, como ocurre en la novela Celular, de Stephen King, donde algo idiotizó a 30 millones que votaron el primero de julio del año pasado por la coalición Juntos Haremos Historieta, las acciones de Morena se fueron a la alza. Así, de ser un partido pinchurriento, marginal, jodido, el del pueblo bueno, donde una modesta cuota de aportación hacía la diferencia de poder amanecer otro día para pagar la renta, el agua, la luz, y no se diga a los escasos empleados, pasó a ser el nuevo rico político del país, con un millonario subsidio por los siguientes tres años.

Al poder decir ahora como en la película de Pedro Infante, Ahora soy rico, en Morena ya no se van a andar con pequeñeces, con limitaciones económicas, con asfixiante austeridad, o con chingaderas, pues ya hasta los diputados de ese partido, contagiados del optimismo que emana del partido que los llevó al poder por mero accidente, no se quieren reducir el sabroso salario de que hoy gozan; si acaso, como por ahí declaró una de sus conspicuas integrantes, están dispuestos a bajarse solamente ¡tres mil pesotes al mes!

En fin: en Morena ya podrán gritar, al menos durante los próximos tres años, el grito que siempre quisieron sacar de sus roncos pechos los morenazis locales: ¡No te acabes, Instituto Electoral del Estado de Colima! Y, claro, como en los matrimonios católicos, así seguirán en ese partido, hasta que la muerte o el subsidio los separe.

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